 Conceptual A sus 60 años, Otto Apuy se reafirma como un creador en contacto con su herencia
Darío Chinchilla Ugalde |
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Otto Apuy Sirias (1949) sabe pintar, grabar y esculpir pero, sobre
todo, sabe “idear”. Como buen representante del arte conceptual, la
idea predomina en su trabajo. Él usará un objeto, un grabado, un video,
una fotografía, una escultura o una pintura si cualquiera de estos
medios expresan mejor su concepto.
El artista ha incorporado en sus obras tradiciones
vigorosas de su provincia de Guanacaste, como las referencias a las
tortillas de maíz. Empero, también ha abordado legados menguantes, como
es el caso de la cerámica policromada, herencia de la Gran Nicoya.
El tema de la vasija precolombina es justamente el que trata en su más reciente exposición, Vasijas comunicantes , la cual permanecerá por una semana más en el Museo Nacional.
El viernes pasado, este artista oriundo de Cañas
cumplió 60 años de edad: esta fue una buena excusa para adentrarnos en
una vida dedicada a crear ideas amarradas a raíces profundas.
Inicios. Además de ser artista visual, Otto
Apuy es periodista y escritor. No obstante, es difícil que él reconozca
alguna diferencia entre sus quehaceres: todo, según dice, pertenece al
imperio de la comunicación.
Tras empezar sus estudios en arte y periodismo en la
Universidad de Costa Rica (UCR), Apuy se trasladó a España a inicios de
los años 70 para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de la
Universidad Autónoma de Barcelona.
Allí empezó a experimentar con medios como el video y la obra tridimensional. Para entonces se popularizaba la tendencia del art-idea o arte conceptual.
“El arte debía ser más dinámico; había que introducir
otros medios de comunicación para expresar sus temas con más viveza. A
mí me gustaba esa idea de quitarle lo reverencial al arte, aquello de
que es intocable”, afirma el artista.
Apuy regresó en los 80 al país y montó varias
exposiciones cuyos códigos (los del arte conceptual) bebían de las
tendencias europeas y norteamericanas, pero que estaban arraigadas a
las tradiciones costarricenses y guanacastecas.
Por ejemplo, en 1980 montó Trómpico performance
en la Facultad de Bellas Artes de la UCR. La figura predominante en la
exposición era la del trompo, que presentaba tanto en forma de trompos
reales como en forma de imágenes. El montaje sugería considerar a este
juguete como un símbolo del transcurrir del tiempo.
“Aunque trabajar sobre la memoria, la identidad y los
temas ecológicos es muy usual ahora, en aquel momento era algo
novedoso”, afirma el artista.
En este sentido, una exposición que denunció los daños ecológicos producidos por el hombre fue Estética de la destrucción
(1992). Esta fue una de las exhibiciones inaugurales del Museo de Arte
y Diseño Contemporáneo, la cual consistía en una instalación monumental
montada en la Pila de la Melaza.
La obra reproducía los estragos de un incendio forestal
en Guanacaste, para lo que Apuy trasladó los desechos calcinados de un
bosque (cenizas, troncos carbonizados, etc.) a la sala de exposición.
Al mismo tiempo proyectó un video que tomó in situ durante el incendio que provocó toda aquella destrucción.
Aunque esa muestra encerró una denuncia política sobre
la destrucción de la naturaleza en un sentido amplio, también reveló
una inquietud específica centrada en su provincia. Esta misma
preocupación –que se mueve entre lo general y lo local– se miró en Los comales , una exposición que montó en la Sala Julián Marchena de la Galería Nacional de Arte Contemporáneo en 1992.
En ella, el artista reflexionó sobre el aniversario de
los 500 años de la conquista española con una compleja instalación que
involucró mazorcas, maíz desgranado, un tronco y tortillas palmeadas al
estilo guanacasteco.
Todos estos son recursos de la identidad guanacasteca que Apuy ha usado para comunicar sus preocupaciones.
No obstante, es probable que el símbolo más recurrente
y más conocido en el trabajo de este artista sea el de las jícaras,
figura que ha plasmado en pinturas, grabados e instalaciones. Según el
artista, es importante sacar temas de las expresiones populares porque
este empeño redunda en la búsqueda de la propia identidad o de las
identidades costarricenses: aborigen, negra, china, judía, española,
etc.
Sin embargo, Apuy advierte: “Hay que saber defender los
valores populares, aunque yo también ataco el populismo en el arte pues
se puede caer en el kitsch . Una obra siempre debe tener una
estética y elaborarse en un proceso de autocrítica: no nos toca
reproducir el arte popular; debemos reinterpretarlo”.
Cerámica. La exposición reciente de Apuy, en el
Museo Nacional, se centra en la tradición de la cerámica policromada
precolombina que se ha encontrado en la región de la Gran Nicoya.
La exposición se compone de cuatro serigrafías, cinco
acrílicos en gran formato, seis monotipias y tres instalaciones. La
muestra está montada en una de las salas subterráneas del Museo y,
según Apuy, está pensada como una obra conceptual en sí misma.
“El carácter subterráneo de la sala remite a lo
funerario, lo cual tiene mucho que ver con la cerámica policroma. Esta
sobrevivió gracias a los ritos mortuorios de los indígenas”, explica el
artista.
Aunque los acrílicos son pinturas abstractas, algunos sugieren las formas de las vasijas, como es el caso de Tránsito de ida y vuelta
. Asimismo, el autor usó una figura recurrente: una pincelada en forma
de pequeñas espirales que se engarzan unas con otras para formar una
cadena. El pintor explica que con estas formas quiso remitir al gesto
de “amasar” pequeños trozos de arcilla.
El artista concluye: “Como guanacasteco, cuando yo era
niño el arte era esto: ver el proceso de una pieza de cerámica era
observar hacer arte. Creo que el gran aporte artístico de la Gran
Nicoya a Costa Rica fue su pasado precolombino, y la anexión de
Guanacaste a Costa Rica fue también la anexión de esa poesía”.
Fuente: http://www.nacion.com/
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