Luko Hilje Q.
Fuente: elpais.cr
Costa Rica es un país privilegiado en
muchos aspectos, y uno es la gran cantidad de montañas que tiene en su pequeña
extensión. Como dijo el Dr. Alejandro Quesada en una entrevista para nuestro
libro "Los viejos y los árboles", el territorio nacional es como un
papel que uno toma, arruga y desdobla. Eso sí, a diferencia de un papel inerte,
esos relieves están rebosantes de naturaleza. Alturas, honduras, cimas, simas,
altiplanos, mesas, gargantas, mesetas, hondonadas, valles, cangilones,
planicies, precipicios, barrancos y despeñaderos. No alcanza el léxico de la
geomorfología para describir tanta diversidad topográfica que, a su vez,
encierra tanta diversidad biológica.
Y, con tantas montañas a nuestra
disposición, escalarlas es precioso, no solo por el disfrute de su travesía,
sino también por el desafío por alcanzar sus cumbres. Antes agitado el pecho
por el dificultoso paso en pendientes pronunciadas, así como por el
enrarecimiento del aire y el frío de las cimas, alcanzadas éstas se hacen
cortas la mirada y el palpitar del corazón ante tanta magnificencia. Metáfora
de la vida esta de superar escollos y alcanzar cimas, pero más allá de su valor
simbólico, el solo hecho de estar allí, en auténtico éxtasis, es balsámico para
el alma.
Pero, además, ¡qué sobrecogedor espectáculo es
contemplar del mar desde ahí! En contrapunto, desde arriba mirar en lontananza
la tilinte raya del horizonte oceánico, con sentido de amplitud, libertad e
ilimitadas posibilidades de comunicación con el mundo entero, mientras que,
irónicamente, las cimas imponen un límite físico infranqueable que amilanan
nuestra sensación de grandeza y poder para, en medio de su místico silencio,
conducirnos a la introspección y la intimidad, al callado y sereno encuentro
con uno mismo.
Ahora bien, está más que demostrado que en el
punto planetario hoy ocupado por el territorio de Costa Rica alguna vez lo que
hubo fue agua marina -en mezcla y maridaje del océano Pacífico y el mar
Caribe-, más una que otra isla pequeña. Pero, por fortuna, en el curso de
millones de años esos movimientos de placas que provocan los temblores y
terremotos, más la incesante actividad volcánica, originarían levantamientos
desde el fondo marino, emergiendo una especie de puente de montañas. Imponentes
surgirían entonces las cordilleras Volcánica Central y de Talamanca, a las que
después se sumarían las de Guanacaste y Tilarán, al igual que otras sierras
menores.
Como
saldo final en la contabilidad telúrica, resultó el cerro Chirripó como
cucurucho del país, a 3820 metros, en la cordillera de Talamanca, más nueve
volcanes (Orosí, Rincón de la Vieja, Miravalles, Tenorio, Arenal, Poás, Barva,
Irazú y Turrialba) y muchos otros que permanecen inactivos. De ellos, los más modestos
en altitud son los del norte, con el pequeño Orosí alcanzando apenas 1440
metros, más o menos la mitad del Poás que, a 2708 metros, es el más bajo de la
Cordillera Volcánica Central.
En
ésta sobresale nuestro volcán más alto, el Irazú, en cuya cúspide se registran
3432 metros. Fue por eso que, casi desde siempre, dicho volcán incitó a legos y
naturalistas, quienes deseaban escalarlo y explorar su cráter y alrededores. En
el siglo XIX hubo tres naturalistas (el danés Anders Oersted, más los alemanes Karl
Hoffmann y Alexander von Frantzius) que en excursiones separadas lo escalaron y
narraron lo ahí observado, al igual que viajeros como los ingleses John Hale y
Anthony Trollope, el escocés Robert G. Dunlop, el irlandés Thomas F. Meagher y
el estadounidense John Lloyd Stephens.
Incluso un capítulo de la novela
"Misterio" está ambientado en dicho volcán, catalogado por su autor
Manuel Argüello Mora -nuestro primer novelista- como el lugar para "el
paseo más agradable que puede hacerse en Costa Rica". Alusivo a un curioso
romance, su relato es casi surrealista, pues menciona la instalación de una
tienda de campaña gigantesca, para 40-50 invitados, con aposentos, almohadas y
colchones de plumas, opíparas comidas y abundantes vinos, un sexteto con los
mejores músicos de la capital interpretando sinfonías, y hasta un cocinero
italiano y un repostero francés.
No
hay duda de que el relato científico más enjundioso sobre el Irazú es el de
Hoffmann -aparece completo en mi libro "Karl Hoffmann: naturalista, médico
y héroe nacional"-, no solo en aspectos geológicos, sino también botánicos
y zoológicos, el cual aderezó con el arte de su pluma, que en ciertos pasajes
cuesta diferenciar de la de su padrino científico Alexander von Humboldt.
Extasiado ante el soberbio espectáculo que se
abría ante su ojo escrutador, comentaba: "Dejando vagar la mirada hacia el
oeste se contempla en lontananza la altiplanicie de San José, con la ciudad de
este nombre casi en el centro de ella, así como las ciudades de Heredia, Barva
y Alajuela más o menos hacia el noroeste, al igual que muchos pueblecitos,
aldeas y plantíos (haciendas) que con sus casas encaladas se asoman
encantadoras entre los cercados de las plantaciones de café, plátanos, caña de
azúcar o papas y de los grandes potreros artificiales. [...] Por encima del
[Monte del] Aguacate penetraron nuestras miradas hasta el golfo de Nicoya, e
incluso con el catalejo pudimos ver clara y definidamente el territorio más
occidental: el Cabo Blanco. Teníamos, por consiguiente, el grandioso
espectáculo que indudablemente solo de aquí es posible contemplar: el de los
dos océanos que rodean el hemisferio Occidental".
Ciertamente, en todo el continente americano,
por su estrechez solamente desde América Central es posible ver ambos mares. Los
pude mirar una vez, en mis años de estudiante de Biología, desde un punto
cercano al Cerro de la Muerte, en un día despejado. Y hay unos pocos puntos más
desde los cuales es posible observarlos, que los geógrafos conocen muy bien.
Me
sorprendió mucho, por eso, la tajante afirmación del historiador Rafael Ángel
Méndez en su artículo "Números equivocados" (Suplemento Áncora, La
Nación, 3-X-10), en el sentido de que "la antigua afirmación de que, en
días claros, el océano Pacífico y el mar Caribe pueden verse desde el volcán
Irazú, entonces también llamado "volcán de Cartago". Esto no es
posible".
¡Por
supuesto que es posible! Obviamente, Méndez se equivoca por completo.
Sorprendido ante tan categórica e infundada aseveración, para confirmarlo -pues
ya sabía de ello- consulté con geógrafos, así como con guardaparques que
laboran en la zona, quienes ratificaron cuán erróneo es el juicio del citado
historiador. De hecho, el guardaparques Mauricio Gamboa Ramírez me comentó que
en sus casi 17 años de permanencia en el Parque Nacional Volcán Irazú,
numerosas veces ha observado uno u otro de los mares, y que ha tenido la
fortuna de mirar ambos apenas dos veces, cuando las condiciones climáticas han
sido óptimas en las dos vertientes. Aunque antes que él otros ya lo habían
hecho, ¡de veras que fue afortunado Hoffmann al observarlos cuando escaló el
volcán, un día de mayo de 1855!
Así
que, apreciado lector, quizás algún venturoso día usted o yo tengamos la suerte
de disfrutar de tan espléndido espectáculo desde esa hermosa cúspide. Y, aunque
segregados de manera irreversible por la cadena montañosa que surgió del fondo
oceánico, convergentes en nuestra retina aún será posible fusionar los dos
mares que bañan nuestras costas, y que un muy lejano día constituyeron uno solo
en el punto que hoy ocupa Costa Rica.
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